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Última modificación: 23 de febrero de 2021

 

Se están realizando numerosos estudios para identificar posibles factores de riesgo. Aunque en la mayoría de los casos no hay resultados concluyentes, procedemos a exponer algunos de ellos:

 

a) Predisposición genética: Otra de las variables que se manejan es que pueda haber una predisposición genética para sufrir de forma más grave el coronavirus, pero actualmente, es una teoría en estudio y hasta pasados unos meses no se podrán extraer conclusiones certeras (ver artículo). El Centro Superior de Investigaciones Científicas español incluso lanzó un estudio para identificar posibles causas genéticas en aquellos casos más graves (ver comunicación). En concreto, se han visto relación entre algunas características genotípicas y la gravedad de los casos, como:

  • El grupo sanguíneo: Diversos estudios han puesto de relevancia que se producen menos contagios entre personas de grupo sanguíneo O, y más contagios en personas con grupo sanguíneo A, si bien en algunos no se aprecia diferencias significativas en cuanto a la gravedad de los casos. El primer estudio se hizo en China con 2000 pacientes (ver noticia), y también un estudio de investigadores españoles e italianos con una muestra de 1.980 pacientes muestra resultados parecidos (ver estudio) (ver noticia). Los motivos de la influencia del grupo sanguíneo en el desarrollo de la COVID-19 pueden deberse a la presencia de anticuerpos según grupo, y también al factor de von Willebrand, como puedes ver en el siguiente vídeo explicativo.

 

  • Alopecia androgenética: hay también estudios preliminares que establecen una posible relación entre la alopecia androgenética y la gravedad de la enfermedad (ver noticia)
  • Sexo del paciente: se está observando también que el sexo del paciente influye en la gravedad de los casos, hasta el punto que la tasa de mortalidad en hombres llega a doblar la tasa de mortalidad en mujeres (ver noticia). Como se comentó antes, un estudio, en pacietes mayores de 60 años encontró mejor respuesta inmunitaria en mujeres que en hombres mayores de 60 años, y mientras que era similar en todo el rango de edad en mujeres, en el caso de los varones la respuesta se debilitaba con la edad (ver estudio).

Índice de letalidad en España por edad y sexo. Fuente: Nature

 

Según un artículo publicado en Science, las diferencias sexuales más allá de los órganos sexuales están presentes en todas las especies y se extienden a los sistemas fisiológicos, incluido el sistema inmunológico. La infección por diferentes patógenos da como resultado respuestas inmunes diferenciadas y resultados de la enfermedad por sexo, y aunque el patrón depende de la edad y otros factores del hospedador, el sexo masculino se asocia más a menudo con respuestas inmunitarias más bajas y mayor susceptibilidad y / o vulnerabilidad a infecciones en animales. Este también es generalmente el caso en humanos: los pacientes varones tienen cargas virales más altas para el virus de la hepatitis B (VHB) y el VIH. Por el contrario, las mujeres generalmente desarrollan una respuesta inmune más robusta a las vacunas, como las vacunas contra la gripe. Sin embargo, el aumento de las respuestas inmunitarias en las mujeres también puede conducir a una inmunopatología perjudicial en las infecciones. El SARS-CoV-2 se une a ACE2 para iniciar la entrada de la célula huésped. Esto activa los sensores de ARN viral TLR3 / 7/8 y RIG-I-MDA-5, que inducen la secreción de IFN y otras citocinas inflamatorias, lo que conduce a respuestas inmunitarias innatas y adaptativas. En cada uno de estos pasos, las diferencias de sexo pueden moldear la respuesta inmunitaria antiviral (ver artículo).

 

  • Etnia: un estudio entre 17 millones de pacientes publicada en la revista Nature determinó que las personas de raza negra y del sur de Asia, así como otros grupos étnicos minoritarios, tenían mayor probabilidad de fallecer que los pacientes de raza blanca, sin poder determinar causa que justificara la disparidad de probabilidades encontradas (ver estudio). Además, según un estudio publicado en la revista Nature, personas de ascendencia africana con un determinado gen denominado APOL1, tienen mayor riesgo de padecer glomerulopatía colapsante, una nefropatía causada por la COVID-19 que puede causar una crítica disfunción renal (ver artículo).
  • Herencia genética neandertal: según un estudio preliminar, un grupo de genes del cromosoma 3 de las células humanas, que se encuentra en un tercio de la población del sureste asiático, y en algo menos del 10% de la población europea, tendría que ver con la reacción desmesurada del sistema inmunológico contra el SARS-CoV-2, provocando la tormenta de citoquinas (ver noticia). Se cree que este es el principal factor de riesgo genético para síntomas graves después de la infección y hospitalización por SARS-CoV-2 (ver estudio).

figura 3

Distribución geográfica del haplotipo del núcleo de Neandertal que confiere riesgo de COVID-19 grave. Fuente: Nature

  • Mutaciones genéticas: un estudio encuentró en 4 pacientes varones jóvenes una alteración en el gen TLR7 (asociado al cromosoma X) que les provocaba una respuesta deficitaria del interferón (tipo I y II) en su sistema inmunológico, sugiriendo que esta alteración complicaría la evolución de la enfermedad (ver noticia).
  • Defectos congénitos del sistema inmune: como por ejemplo, el caso comentado anteriormente que lleva al organismo a producir autoanticuerpos que bloquean los interferones, y por tanto, la respuesta inmunológica (ver noticia). El sistema inmunológico es complejo e involucra muchos genes, incluidos los que codifican citocinas conocidas como interferones (IFN), y las personas que carecen de IFN específicos pueden ser más susceptibles a las enfermedades infecciosas. Hay estudios que identificaron a pacientes con COVID-19 grave que tenían mutaciones en genes implicados en la regulación de la inmunidad al IFN de tipo I y III. Encontraron un enriquecimiento de estos genes en los pacientes y concluyeron que la genética puede determinar el curso clínico de la infección. Otro estudio identificó individuos con títulos altos de autoanticuerpos neutralizantes contra IFN-α2 e IFN-ω tipo I, en hasta un 10% de los pacientes con neumonía grave por COVID-19. Estos autoanticuerpos no se encontraron ni en personas infectadas que eran asintomáticas o tenían un fenotipo más leve ni en individuos sanos. Estos estudios en conjunto pueden identificar una de las causas por las que determinadas personas pueden ser más susceptibles de padecer COVID-19 potencialmente mortal (ver artículo).

b) Edad: Este parece un factor claramente determinante, pues la tasa de mortalidad aumenta significativamente con la edad, siendo especialmente baja, casi nula, en niños. De hecho, un estudio realizado en el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona confirma que la seroprevalencia en niños es similar a la encontrada en adultos, pero desarrollando un 99% de ellos solo síntomas leves (ver comunicación). Hay que recordar que conforme envejecemos, nuestro sistema inmunológico, así como otros órganos, se van debilitando (ver artículo). Y además, como se mencionó antes, un estudio demostraba una respuesta inmune más débil en hombres mayores de 60 cuanta más edad tenían.

Fuente: BBC

 

Índice de letalidad en Ginebra (Suiza), Inglatera y España relacionado con la edad. Fuente: Nature

No obstante, en junio ya se empezó a observar que el porcentaje de pacientes más jóvenes empezaba a subir, por ejemplo, en Estados Unidos. En el estado de Arizona, la mitad de casos positivos eran pacientes de entre 20 y 45 años, mientras que en Houston se observó que el 15% de las pacientes UCI estaban entre los 20 y 30 años. Una posible subida de estos porcentajes se puede deber a que, dado que se lanzó el mensaje de que esta enfermedad era más violenta con personas adultas, haya llegado un momento donde la población de mayor edad adopte medidas de prevención de forma más exhaustiva que la población más joven, que tendría menos percepción de riesgo. Además, la edad media del paciente es bastante más baja que en otros países (48 años frente a los 63 de Italia), y además, mientras que en los países ricos más del 60% de fallecidos son personas de al menos 80 años, en EEUU son menos de la mitad, representando la mayor parte de fallecidos los que están en la franja de los 40 a los 70 años (ver artículo).

En octubre se conoció que es posible que los niños tengan menos incidencia de COVID debido a la posible reactividad cruzada entre la vacuna DTP (difteria, tétanos y tosferina) y el SARS-CoV-2, de, según un estudio un publicado en la revista Frontiers in Inmunology (ver artículo), que analizó la posible reactividad cruzada de muchas vacunas contra el virus. Esta vacuna está incluida en el calendario vacunal de casi todo el mundo, siendo administrada en nuestro país en 5 dosis entre los 2 meses y los 14 años de edad. Esta reactividad cruzada iría disminutendo con el paso del tiempo, lo que explicaría la gravedad de los casos en relación a la edad de los contagiados. Incluso se sugiere que se podrían hacer vacunaciones de refuerzo a la población general para prevenir, e incluso que podría haber relación en el caso de la menor mortalidad en mujeres, pues se administra a las mujeres en estado de gestación, de forma que esta inmunidad cruzada podría llegar también a los bebés lactantes. Existen además dos vacunas:

  • DTaP: contiene solo algunos antígenos de pertussis, y aporta inmunidad cruzada. Se administra en Europa occidental.
  • DTwP: contienen la bacteria pertussis inactivada completa, y esta aportaría más inmunidad cruzada que la DTaP. Se administra en Europa del este (principalmente antiguas repúblicas socialistas soviéticas). En estos países el número de casos y muertes era significativamente menor que en los demás de Europa.

VACUNAS DEL PAI

 

Aunque la edad sea un factor de riesgo, ninguna franja de edad está exenta de riesgos de mortalidad o secuelas, y esto debe quedar claro. Por ejemplo, se han visto casos de niños, adolescentes y jóvenes que, lamentablemente, han fallecido a causa de la COVID. A continuación se citan solo algunos ejemplos:

c) Enfermedades de base: también parece que el virus ataca más a pacientes con patologías previas, tales como enfermedades cardiovasculares, hipertensión arterial, diabetes, enfermedades pulmonares crónicas, cáncer o inmunodepresión. Tener antecedentes de ictus también aumenta tres veces el riesgo de fallecer por COVID-19 (ver artículo). Un estudio elaborado por el Hospital Vall d'Hebron de Barcelona desmintió que los tratamientos oncológicos agravaran la COVID-19, pese a los temores de que esto fuera así (ver noticia). Y en el caso del asma, un estudio realizado por investigadores franceses señala que los pacientes asmáticos no presentan un mayor riesgo de desarrollar una forma grave de COVID-19 (ver artículo).

 

Fuente: Agencia EFE

 

d) Mujeres embarazadas: Si bien las mujeres embarazadas fueron incluidas como población de riesgo (ver artículo), existen estudios que sugieren que no tienen riesgo de tener más complicaciones durante la enfermedad (ver artículo). No obstante, se han visto casos en los que las placentas se han visto afectadas, llegando a provocar abortos (ver artículo), y también se ha documentado el traspaso del virus de una madre al feto, según estudios realizados en París (ver noticia) y en México (ver noticia). Los expertos aseguran que después del embarazo, la lactancia materna sí es segura (ver noticia). Hay estudios que sugieren que el ARN del virus no aparece con capacidad de replicación en la leche materna, y que, por tanto, no sería una fuente de infección para los bebés lactantes (ver estudio).

e) Obesidad: El Servicio de Neurología de la Gerencia de Atención Integrada de Albacete, en un artículo publicado en la prestigiosa revista Neurology tras un estudio en pacientes hospitalizados en Albacete, describe la obesidad como un parámetro decisivo en el desarrollo de la enfermedad, por cuanto estos pacientes tienen menor capacidad ventilatoria y mayor predisposición para responder al virus con una respuesta inflamatoria excesiva (tormenta de citoquinas). Otros estudios sugieren que la obesidad en jóvenes hace que el riesgo de fallecer se equipare al de personas mayores (ver artículo).

f) Tabaquismo y cigarrillos electrónicos: según la OMS, los fumadores tienen más probabilidades de desarrollar síntomas graves en caso de contraer el virus, en comparación con los no fumadores (ver declaración de la OMS), aunque según investigadores de la Universidad de Castilla-La Mancha, si bien tienen más probabilidades de contagiarse, es posible que combatan mejor la enfermedad porque la nicotina frena la tormenta de citoquinas (ver noticia). Un estudio entre adolescentes y jóvenes adultos también mostró que el uso del cigarrillo electrónico, solo o combinado con cigarrilos normales, es un factor de riesgo determinante (ver estudio).

g) Estado de nuestro sistema inmune: la capacidad que tenga el sistema inmunológico a la hora de contraer el virus parece fundamental. Pacientes con patologías previas o con mayor edad, como ya se ha comentado, pueden tener el sistema inmune más debilitado, lo que podría favorecer una infección grave. Además, se están estudiando otras posibles implicaciones. Un estudio publicado en agosto, llevado a cabo por investigadores del Centro Médico Irving de la Universidad de Columbia (EEUU), relaciona también una parte del sistema inmunológico, llamado sistema del complemento (que es una cascada enzimática que ayuda a defenderse de las infecciones), con una mayor gravedad de la enfermedad (ver noticia). En concreto, se observó que las personas con degeneración macular relacionada con la edad (trastorno ocular que destruye lentamente la visión central y aguda, dificultando tareas cotidianas como la lectura, así como la visualización de detalles finos), tienen mayor riesgo de desarrollar complicaciónes graves y acabar finalmente falleciendo. Esto, unido al hecho de que la degeneración macular se produzca por una activación anormal del sistema de complemento a causa de un nivel alto de una proteína denominada FHR-4 (ver artículo), sugiere que esta alteración en esta parte del sistema inmune puede provocar un agravamiento de la COVID-19. Sin embargo, con respecto al hecho de padecer una enfermedad autoinmune (como pueden ser la artritis reumatoide o el lupus), enfermedades donde el sistema inmunológico no funciona de manera correcta y ataca a las células del propio organismo, lo cual, unido a la medicación administrada (inmunodepresores), los hace más propensos a cualquier tipo de infección, parece que no existe un riesgo incrementado de infección por SARS-CoV-2 según un estudio publicado (ver estudio).

h) Profesión: aunque no es un factor biológico, lo cierto es que la profesión supone un claro factor de riesgo, siendo el riesgo de contagio mucho más alto entre los sanitarios, según confirma un estudio publicado en The Lancet, que estima que las probabilidades de contagio son 3,5 veces mayores incluso llevando equipos de protección individual (ver noticia). Los sanitarios además están expuestos a mayor carga viral (especialmente cuando los ingresos se multiplican), lo que aumenta el riesgo de contraer la enfermedad de forma más grave. Si bien pueden utilizar equipos de protección para frenar un posible contagio, lo cierto es que en muchos hospitales han escaseado los elementos de protección individual, y han tenido que protegerse con material no destinado a ese uso, no homologado, y ni siquiera testeado. Esto, unido a la frecuencia con la que tienen que manipular y quitarse elementos de protección potencialmente contaminados, aumenta también el riesgo de contagio. Un estudio serológico demostró que, entre los sanitarios que presentaron anticuerpos, el 33% no tuvo síntomas de enfermedad aguda, aproximadamente el 50% no sospechaban haber sido contagiados, y cerca del 67% no había tenido un test PCR positivo con anterioridad a esa prueba, lo que demostraría que en gran medida se contagian sin tener sospechas de ello, pudiendo contribuir así a la propagación silenciosa del virus (ver estudio).

En el caso concreto de menores de 18 años, un estudio sobre niños hospitalizados en Estados Unidos mostró que podrían ser factores de riesgo la obesidad (37'8%), el asma (13'5%) y la diabetes (2'7%), pues se encontraron en más proporción entre estos niños hospitalizados que la proporción entre la población total (ver estudio).

En verano de 2020 circuló un documento que parecía ser un estudio del Servicio de Medicina Preventiva y Farmacia del Hospital de Barbastro (Huesca), en el que se proponía un hipotético mecanismo para la posible interferencia inmunológica en pacientes vacunados contra la gripe, a la hora de contraer el SARS-CoV-2, favoreciendo así una tormenta de citoquinas que ataca a las células del propio organismo. Según se detallaba en el documento se observó que, en una muestra de fallecidos mayores de 65 años, el 85% de ellos se habían vacunado contra la gripe, mientras que la población total mayor de 65 años que se había vacunado en la zona era un porcentaje sensiblemente menor, el 63% (ver noticia). Al parecer, había dos versiones del documento, una fichero PDF que circuló por redes sociales titulado  “Posible causa de la pandemia por coronavirus: Interferencia inmunológica entre el POLISORBATO 80 de la vacuna antigripal adyuvada y el SARS-CoV-2”, sin fecha, y firmado por Juan F. Gastón Añaños, Ana Martínez Giménez, Elisa M.ª Sahún García (servicios de Farmacia y Medicina Preventiva, hospital de Barbastro, Huesca), y una segunda versión de 10 páginas, de 29 de junio de 2020 y firmado solo por J. F. Añaños, con el título “Hipótesis: Posible interferencia inmunológica entre el POLISORBATO 80 de la vacuna antigripal adyuvada y el SARS-CoV-2 como causa de la pandemia por coronavirus”. Se informó de que esto no era un un estudio científico formal, sino un documento en el que se exponían una serie de especulaciones, cuya primera versión no debió publicarse. Además, se cree que el autor parece renunciar a finalizar su investigación (ver noticia). Por tanto, no se pueden extraer conclusiones negativas sobre la interferencia de la vacuna de la gripe con la COVID-19. 

Un preprint del 21 de febrero sugería que el riesgo de contraer el virus era aproximadamente 2-3 veces menor en la población que usa gafas, lo que podría sugerir que el conducto nasolagrimal puede ser una vía de transmisión del virus del saco conjuntival a la nasofaringe, si bien la muestra era pequeña (ver estudio).

 

  

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